2010 – Museo de Antioquia, Hito Urbano – Medellín, Colombia

El Museo de Antioquia fue el primer proyecto cultural y urbano en Medellín que logró unir las voluntades de políticos, empresarios y ciudadanos. Esta gran convergencia fue posible tras la provocación de pequeñas revoluciones (personales e institucionales) que ayudaron a mutar, lentamente, los prejuicios y sentimientos frente a la Ciudad, para convertirla en un espacio para la vida, el ocio, el arte, y el conocimiento. 

Es decir, la Ciudad pasó a ser vista como un medio ambiente complejo, vivo y de disfrute público, y no solo un lugar para la inseguridad y la muerte. Por su parte, el Museo se convirtió en un laboratorio urbano para la convivencia, que reúne las construcciones de artistas nacionales y foráneos, y las marcas de los cambios de pensamientos y creencias en la historia de Antioquia.

Y en aras de mantener su pertinencia, ahora convoca a los artistas contemporáneos, por ser los nuevos voceros y/o delatores de la realidad más allá de lo evidente, y además ser quienes dan cuenta con sus estéticas del continuo movimiento de la sociedad.

Entre los habitantes de Medellín se escucha llamar a la Plaza y al Museo como “de Botero”. Esto ocurre porque fue gracias a la generosidad del artista que la Ciudad encontró uno de los incentivos que hacían falta para empeñarse en el traslado del Museo y la construcción de la Plaza.   

Con su apoyo y donación fue posible concentrar la atención sobre el resto del patrimonio artístico que permanecía olvidado, y exigir que fuera recuperado. Desde entonces, se han tejido nuevos significados sobre la conservación del arte y la importancia del espacio público incluyente y diverso. 

Los resultados de la renovación de este espacio también produjeron una serie de cambios estructurales en las políticas públicas de la Ciudad, y dejaron reflexiones históricas para la clase dirigente y los habitantes. Bien podría decirse que el principal aprendizaje lo constituye el antecedente de un modelo de gestión e inversión en temas urbanos, porque desde entonces las intervenciones en el espacio público se generan como una demanda ciudadana, y las secretarías de Planeación y Obras Públicas han adquirido protagonismo. 

Cada uno de los enfrentamientos y los acuerdos que tuvieron lugar entre los años 1997 y 2000 dieron lugar a una visión de ciudad y de responsabilidad de los mandatarios. Y por supuesto, forjaron el carácter del Museo que se conoce hoy, pues en esta época se vivieron todas las pujas administrativas, políticas y sociales para vencer la incredulidad de la ciudad frente a la apuesta por un museo pensado en términos públicos, pese a ser una institución privada, y la transición de una zona congestionada a una plaza de espacios abiertos.

Germina el Museo

En 1881, el escritor y diplomático Antonio José Restrepo, el coronel Martín Gómez, y el doctor Manuel Uribe Ángel comenzaron a formar una colección de objetos de valor, arte precolombino, retratos de hombres de política, y curiosidades que harían surgir el primer museo del Departamento y el segundo de Colombia.

A principios del siglo XX, la institución bautizada como Museo y Biblioteca de Cea, enfrentó su primer revés económico y fue anexada a la Universidad de Antioquia por los problemas presupuestales que atravesaba el Departamento y que no permitían sostenerla. Desde allí el camino de la biblioteca y el museo se separaron. Éste último solo vino a ser recuperado por la Sociedad de Mejoras Públicas a partir de 1943.

La vida intermitente del Museo, caído en el olvido administrativo, se estabilizó gracias al interés de la élite antioqueña organizada en esa fraternidad progresista empeñada en promover proyectos de ciudad, y a su instalación en La Casa de la Moneda. En 1953, el Banco de la República, propietario de la casona, la cedió al Municipio, con el propósito de que el Museo continuara funcionando. 

Pero allí no existía el espacio suficiente para exponer una colección que llegaría a ser avaluada en 30 mil millones de pesos. En los escasos 1.407 metros cuadrados de la casa solo era posible exhibir el 10% de las obras, el resto permanecía guardado. Fue entonces cuando comenzó a perfilarse la necesidad de reubicar al Museo. 

Palacio Municipal: el hogar merecido

Desde 1903 se había planteado en Medellín la necesidad de concentrar la administración política en un sector central, que representara la soberanía sobre la ciudad y la convergencia de las fuerzas de gobierno, lo que resultó, en 1920, con la construcción de la Gobernación de Antioquia, convertida en la actualidad en el Palacio de la Cultura Rafael Uribe Uribe. 

Con más de una década de diferencia, la sede de la Alcaldía fue construida entre los años 1932 y 1937. El concurso por el mejor diseño se le entregó a la firma “H.M Rodríguez e hijos”, junto con un presupuesto de 700 pesos para la realización del Palacio Municipal.

En el acta del jurado, tal escogencia se justificó por “su acertada distribución de los locales, su definida y fácil circulación, su completa y bien estudiada instalación sanitaria y el conjunto armónico y sobrio de sus fachadas en las cuales ha quedado claramente definido su carácter (…) Nuestro Palacio representa la síntesis y el rodaje de la vida municipal”. En otras palabras, los diseños recogieron el espíritu de la Medellín de la época: impelida por los afanes de la modernización y el crecimiento urbano.  

La visión del jurado calificador incluyó a la propuesta de la familia Rodríguez la distribución de obras de arte en los salones que conforman el edificio. Gracias al renombre alcanzado por el artista antioqueño (y también jurado del concurso), Pedro Nel Gómez fue escogido para la elaboración de los murales que se harían en las diferentes salas. Los frescos encargados deberían tener temas alusivos al trabajo, a las fuerzas vitales del Estado, a las costumbres, a la riqueza y al despertar del pueblo a la vida política. “El Artista”, como era conocido, trabajó durante tres años en la pintura de casi 300 metros cuadrados, creando así la obra mural más importante de Colombia. Pero la estética poco ortodoxa de su trabajo causó que durante trece años sus obras permanecieran tapadas con cortinas negras por orden de la Administración.

Los diseños de la firma H.M Rodríguez sí tuvieron la posibilidad de cumplirse según lo previsto, dando paso a una edificación icono en la ciudad, pues fue pensada como edificio para albergar el poder, pero un poder progresista y modernizador que actualizaría la ciudad. Sus formas y disposición se empeñaron en crear esta idea.

En relación con la década anterior, para 1929, el área construida en Medellín había aumentado ocho veces, y la población en más de 40 mil habitantes. La firma H.M. Rodríguez perteneció a esta época de florecimiento económico y de transformación de las rutinas de producción que se desplazaron de las casas a las fábricas. Sus aportes a la ciudad fueron desde la satisfacción de los deseos exuberantes de los ricos hasta los proyectos de gran impacto urbano tales como el Banco Republicano (1919), el Edificio Víctor (1928), la Colombiana de Tabaco (1953), el Teatro Pablo Tobón Uribe (1953), el Banco Central Hipotecario (1957), entre otros.

Martín Rodríguez (1901-1972), arquitecto e integrante de la firma, fue quien elaboró los planos para el Palacio Municipal. En 1929 fue presidente de la Sociedad de Mejoras Públicas de Medellín, y tres años después implementó sus planes de diseño en el Palacio de Carabobo, como también fue conocida la sede de la Alcaldía. La familia Rodríguez, en general, fue receptora y traductora del ímpetu de la Medellín en crecimiento, que reelaboraba su historia, ya fuera por medio de la urbanización sin precedentes, las demoliciones, o los incendios que obligaban a reedificar.

El patrimonio malinterpretado

La apariencia del edificio cambió según el gusto y la moda de la época, lo que propició la pérdida de los colores y detalles del estilo art decó que caracterizaban al Palacio. Y aunque en el momento no era posible saberlo, todas estas intervenciones deterioraron la sostenibilidad del edificio, y lo eclipsaron como testimonio histórico de la estética del “progreso” que se implantó en la ciudad en el siglo XX.

Desde su apertura en 1937, la Alcaldía compartió el espacio con la central telefónica de las Empresas Públicas de Medellín. Pero a medida que pasó el tiempo, las oficinas de la Administración Municipal necesitaron expandirse, por lo que pidieron a EPM el espacio ocupado por las plantas de telefonía y la central de semaforización. 

Como era más económico comprar todo el edificio que desplazar sus instalaciones, en el año 1979 EPM adquirió el Palacio Municipal, detonando así la urgencia de construir un nuevo centro administrativo. En 1983 se comenzó la construcción del complejo La Alpujarra, diseñado para reunir a los ocupantes de los tres Palacios del Centro: el Nacional, el de Gobierno y el Municipal. Desde 1987, la Gobernación y la Alcaldía comenzaron a funcionar desde allí.

Tras la compra del Palacio Municipal por EPM, la Fundación Ferrocarril de Antioquia, presidida por Álvaro Sierra Jones, convenció a EPM de que éste era un edificio histórico y patrimonial, un referente urbano que no podía ser abandonado.  Por su experiencia, la Fundación fue la encargada de ejecutar la restauración de todas las fachadas del edificio, el Salón del Concejo, y el Despacho del Alcalde.

Se hicieron estudios estratigráficos para descubrir el color original de las paredes, se retiraron los grafittis, se recuperaron los ladrillos, los revoques malos, las rejas, las puertas y las ventanas. Se mandaron a hacer a la ciudad de Pereira lámparas iguales a las originales. El piso fue lo que nunca pudieron recuperar porque del original no quedó rastro. Al final, lograron restituir en un 95% el aspecto original del edificio. 

La restauración costó 800 millones de pesos. Tres años después, en diciembre de 1998, comenzaron los trabajos de adecuación para convertir los antiguos salones y oficinas en salas de exposición, y dar paso propiamente al museo de hoy.

La donación de una oportunidad 

La situación general del Museo no varió mucho por décadas, a excepción de un nuevo bautizo y las primeras donaciones de Botero. Hasta finales del siglo XX la colección principal, conformada en especial por retratos, continuó guardada.  En 1979, el nombre puesto en alusión al científico y político criollo Francisco Antonio Zea, fue reemplazado por el de Museo de Antioquia.  Dos años antes, el artista Fernando Botero acumuló una donación de 12 pinturas y se permitió sugerir el renombramiento.

El resto de sus donaciones de la época llegaron bajo la dirección de tres directoras más: María Teresa Peña de Arango, quien recibió algunas pinturas, y María Eugenia Villa y Lucía Montoya Gómez, gestoras de la “Sala de esculturas Fernando Botero”.

La iniciadora de esta cadena, Teresa Santamaría de González, fue la presidenta (activa y honoraria) de la Junta del Museo desde 1944 hasta su muerte, en 1985, y la persona que consolidó la figura jurídica y la Junta Directiva del Museo. 

En los años posteriores a 1975, Botero buscó guiar a la Ciudad hacia el gran museo que contendría su obra y lo ayudaría a inmortalizarse. Una de ellas fue la “Gorda” del Parque Berrío, puesta allí desde 1986. Incluso, había inaugurado la sala Pedrito Botero en 1977, y regalado dos esculturas para el Parque San Antonio, pero la ciudad no lograba agarrar las pistas y completar el camino. 

Pese a la ventaja que podría suponer para la entidad la intervención de Botero, el pequeño museo, y su sede alterna ubicada en la Avenida La Playa con la carrera El Palo, continuaban haciendo malabares con sus obras de arte sin cuidado y restauración, sus salones mal aclimatados, el personal no capacitado, y las deudas millonarias por los servicios públicos que nunca podían pagar.

Estas decepciones implicaron para Botero alejarse de la Ciudad y desistir de sus ofrecimientos, hasta el 5 de noviembre de 1996. Tras el restablecimiento de las relaciones con el Museo gracias a las gestiones desde la dirección de éste, el artista llamó a la casa de Lucrecia Piedrahita, la directora de entonces, para contarle que se había decidido a donar una buena parte de su obra, y 800 mil dólares para buscar un museo más amplio. 

Con este antecedente, en 1997 llegó a la dirección Pilar Velilla para cumplir con la petición de la Junta Directiva de hacer crecer al Museo. El 23 de mayo de ese año, Botero respondió afirmativamente la propuesta de la nueva Directora de revincularse al proyecto de expansión. Esta seña concatenó los demás esfuerzos de gestión que incluyeron al gobierno departamental y municipal, y a las instituciones privadas.

Los trámites para lograr una nueva sede y los recursos para adecuarla fueron más una lucha retórica a través de la cual debía persuadirse la mentalidad económica y eminentemente práctica sobre la Ciudad. Más tarde, pudieron salir a flote los argumentos urbanísticos, arquitectónicos y sociales para decidir la suerte del Museo y trasladarlo de su pequeña sede. 

Las decisiones que se tomaron provocaron, entre otros contrastes, que el ingreso al Museo pasara de sumar algo más de 30 mil entradas cada año a principios de la década de los noventa, a 355 mil en el 2009. Todo, gracias a la expansión del Museo cuando ya llevaba 120 años de vida, y a que Botero prometió una donación y se preparó a la ciudad para recibirla.

Nuevo destino

A exactamente 63 años de que Monseñor Tiberio de J. Salazar y Herrera—prelado doméstico y conde de Su Santidad — hubiera bendecido el Palacio Municipal como centro administrativo en acto ceremonioso, el 12 de octubre del 2000 sonaron de nuevo las campanas para inaugurar la primera parte de la edificación adecuada como museo.

A este estado de celebración y seguridad, generado por la ventaja de tener una nueva sede, se llegó después de visitar cerca de 30 sedes potenciales ofrecidas por la Gobernación de Antioquia. 

El primero en la lista fue el heredado del arquitecto Agustín Goovaerts, el Palacio de la Cultura, descartado luego por la imposibilidad de modificarlo para que tuviera una estructura de museo. Le siguieron el Tránsito Departamental, el Pasaje Sucre, la antigua cárcel La Ladera, los edificios Vásquez y Carré, los terrenos de INVIAS en San Diego, y la Plaza de la Libertad, aledaña al centro administrativo La Alpujarra, entre otros. 

La discusión sobre el nuevo Museo se planteó en los términos de si éste debía trasladarse a la zona sur, de por sí privilegiada, o quedarse en el centro de la Ciudad e irradiar mejoras en el sector.  

La opción del centro imperó, y la idea entró a hacer parte del Proyecto de Renovación Urbana de la Zona de La Veracruz y Reubicación del Museo de Antioquia. En el presupuesto de rentas y gastos del Municipio de 1998 quedó contemplado un monto de 900 millones de pesos, asignado por Planeación Municipal, para empezar los estudios de factibilidad del traslado. 

La iniciativa también quedó registrada en el Plan de Desarrollo implantado por la Ley 152, y en el recién creado Plan de Ordenamiento Territorial –POT– por municipios, establecido por la Ley 388 de 1997. Esto convirtió al Museo en el primer proyecto de carácter cultural y urbanístico consignado en los planes de la década para la ciudad.

Para el año 99, fue organizado en Medellín un Seminario de Renovación Arquitectónica que trajo a expertos reconocidos en el tema de museos en el mundo. 

Entre ellos estuvo el español Carlos Baztán, quien visitó el Museo de Antioquia para reunirse con el equipo de trabajo y asesorarlo en las remodelaciones que estaba haciendo en el Palacio Municipal, y en la construcción de la Plaza de las Esculturas. 

Las observaciones del experto estuvieron dirigidas especialmente al proyecto que había ganado la licitación Ideas urbanísticas y arquitectónicas para la adecuación del Palacio como “Centro Cultural Museo de Antioquia”. La Unión Temporal de Arquitectos Stoa, conformada por Beatriz Jaramillo, Emilio Cera, Tomás Nieto, y el asesor Darío Ruiz, propuso la apuesta por consolidar al Museo como un referente urbano y un polo de desarrollo.

Las adecuaciones que ideó Stoa buscaban conservar el espíritu del edificio pero sin sacrificar las posibilidades del Museo por la estructura del mismo. De ahí que Carlos Baztán recomendara paliar ciertas intervenciones, como el establecimiento de escaleras eléctricas y domos en los patios, para conservar aún más íntegramente la arquitectura.

La definición hecha por los arquitectos de la Plaza también se transformó, pues la idea original era construir terrazas horizontales en forma de gradas y recintos menores dentro de este espacio. El diseño que finalmente se adoptó es el de un espacio llano, enmarcado por las esculturas de Botero, y que facilita el tránsito de los habitantes del centro, al igual que la permanencia en las bancas y en las orillas de las jardineras.

Una Plaza de cambios

El lugar elegido para la construcción del Palacio Municipal está cerca de la Catedral Metropolitana, la Iglesias San Benito, La Veracruz y la Basílica La Candelaria. Ésta última se encuentra en el Parque Berrío, espacio que concentra buena parte de la historia e identidad de la Ciudad, pues en la época colonial sirvió como sitio de encuentro para los arrieros y el comercio que circulaba entre Rionegro y Santa Fe de Antioquia.  

La Plaza de Esculturas, por ende, recoge el sentido de estos espacios y brinda nuevas puestas en escena, pues su construcción, entre los años 2000 y 2001, dio a la ciudad un nuevo ambiente para la vida de siempre.

Desde 1997, la anterior directora del Museo, Pilar Velilla, la Fundación Ferrocarril de Antioquia, e incluso Fernando Botero, venían imaginando cuál sería la disposición de la Plaza, y cómo se vería en medio de este sector de la Ciudad: exuberante en la pobreza, fenomenal por el empuje de vida de la gente que lo habita, y frecuentado por seres inusuales y excluidos. 

Para entonces, en la manzana de la Plaza ubicada entre las carreras Carabobo y Bolívar, y las calles Avenida de Greiff y Calibío, estaban el edificio de abogados Emi Álvarez, el centro comercial Nutibara y el edificio del Metro, nunca estrenado. Además se encontraban la antigua Casa de la Gobernación y su parqueadero, el centro comercial Luna Park, y sus tiendas, almacenes, bares y peluquerías.

Por la colonial y estrecha calle Calibío rodaban todavía los buses, taxis, motos y carros particulares. 

En la Fundación Ferrocarril de Antioquia se encuentra un libro fechado en el mes de julio de 1997 que recoge las ilustraciones de lo que entonces se perfiló como una de las opciones presentadas a Fernando Botero en la reunión de París, citada con el propósito de que el artista apoyara la opción que creyera más conveniente para la ubicación del Museo.

A la llegada de dicho encuentro, el alcalde de entonces, Juan Gómez Martínez, declaró a la prensa que Fernando Botero había aceptado la opción del Palacio Municipal y su Plaza, con la condición de que se hicieran ciertas modificaciones a los diseños originales.

A partir de esta fecha, todos los esfuerzos se encaminaron a reformar el edificio y hacer una verdadera plaza, tal y como los conoce la ciudad actualmente. La idea que había surgido como un boceto por parte de los empleados del Museo se convirtió en un proyecto de grandes magnitudes que exigió la demolición de todas las edificaciones circundantes, excepto del edificio del Palacio de la Cultura por su valor patrimonial.

La compra de los nueve edificios que conformaban la manzana la realizó la Promotora Inmobiliaria de Medellín en un periodo de seis meses. Luego, fue posible la demolición de las edificaciones y la posterior construcción de la Plaza. En octubre del 2001, el lugar fue inaugurado y las esculturas fueron sacadas de sus guacales y entregadas al público, que no pierde la oportunidad de fotografiarlas o “acariciar” su voluptuosidad como parte de un juego, o incluso a veces, como parte de un ritual. 

Vale decir que los problemas sociales de Medellín no están ausentes de este paisaje, precisamente porque la intención de la renovación y traslado del Museo no fue la de expulsar a los ciudadanos que llevaban su vida en el lugar, sino la de provocar por medio del mejoramiento del espacio público y la inclusión, mejores comportamientos y relaciones entre las personas y la Ciudad.

Bajo esta premisa, el Museo se prepara ahora para irradiar de nuevo en la zona las propiedades que lo definen: el respeto de la diferencia enmarcado en los límites que impone lo público, es decir, lo que todos comparten. La regulación de los usos del espacio alrededor de la entidad deberá traducirse en el mejoramiento del entorno, permitiendo que el Museo se consolide como un centro cultural contemporáneo, es decir, apropiado de su rol en la historia y de su responsabilidad con la ciudad.

Porque éste no es como cualquier museo del mundo, está en el corazón de Medellín. La ciudad vocifera sus necesidades, sus miserias y angustias, y es necesario escucharla para ayudar a exorcizarlas, en este caso, a través del arte. Si lo bello es siempre bueno, vale la pena enriquecer los discursos de los habitantes con nuevos lenguajes y estéticas que cualifiquen las formas en las que se relacionan con el entorno.

Es por esto que la apuesta política del Museo, en cabeza de Lucía González Duque, quien ha sido directora desde 2005, puede resumirse en dos aspectos principales: ser escenario de mediación entre las polifonías constituyentes de la cultura, y ser el ente que registra la historia, no solo a nivel material, sino en la memoria colectiva, que es etérea pero fuerte, para que nunca se diga que las violencias, las tristezas, las dichas y las alegrías de estos tiempos solo fueron un mito. 

Daniela Gómez Saldarriaga*

*Periodista en formación. Universidad de Antioquia.

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